Ingeniería genética contra el apocalipsis.

Nada vivo puede crecer indefinidamente sin que los jinetes del Apocalipsis, hambre, enfermedad, guerra y muerte reajusten la población a los recursos disponibles. Durante milenios el número de hombres creció despacio, a menos del 0,05% anual, limitado por la difusión y el progreso de la agricultura.

A partir del siglo XIX la higiene pública y otras medidas racionales han alargado la vida y casi anulado la mortalidad infantil, rompiendo el equilibrio entre natalidad y mortalidad e induciendo migraciones y conflictos. La población ha crecido durante el último medio siglo a una media del 1,6 % anual y ahora somos unos 7.500 millones.

Milagrosamente, los alimentos aumentaron aún más deprisa y ahora disponemos de unas tres veces las calorías que comemos. El éxito es hijo de muchos progresos técnicos, que incluyen la mejora de las plantas cultivadas, basada en el progreso casi simultáneo de la genética. Sirvan de muestra el maíz híbrido y el trigo enano.

Es un éxito incompleto: pasa hambre la décima parte de los hombres, sobre todo los azotados por guerras. Otra cuarta parte sufre hambre oculta: dietas monótonas pobres en vitaminas y metales. Nos amenazan el empobrecimiento y la salinización de los suelos y la escasez de agua dulce y fertilizantes. La natalidad disminuye, pero tememos que África triplique su población. La mejora del nivel de vida pide producir carne, con un pobre rendimiento energético. En muchos sitios las mascotas comen más que los niños.

Tenemos que abordar estos problemas entre rápidos cambios políticos y ecológicos y en sociedades desestructuradas y vociferantes. Nada ayudarán los que propugnan la dieta paleolítica y la abusivamente llamada eco o bio, que en realidad es peligrosa, cara e insolidaria.

Tenemos que hacer más lo que hacemos bien. Así, la educación de los campesinos y las inversiones públicas han permitido a Etiopía hacer crecer sus cosechas al 5% anual. Podemos aprovechar la baratura de las energías solar y eólica para electrificar el campo, bombear agua a grandes distancias y regar llanuras costeras desérticas con agua desalada.

Pero nada supera las posibilidades de la ingeniería genética. Inicialmente aprovechaba, como la evolución natural, las novedades producidas por mutación al azar y transferencia sexual de genes. Desde fines del siglo XX, la transgenia asistida permite aportar ADN de cualquier origen saltando la barrera sexual. La edición génica, cuya técnica estrella, CRISPR-Cas, se basa en trabajos de F. J. Martínez Mojica en Alicante, permite ahora introducir mutaciones prediseñadas en el ADN, indistinguibles de las producidas en la evolución natural.

Los éxitos de la transgenia asistida en las industrias microbianas y farmacéuticas no se discuten. Las plantas transgénicas ocupan ya 185 millones de hectáreas, más de la décima parte de las cultivadas, venciendo trabas y prejuicios con su mayor producción y rentabilidad y menor uso de insecticidas y herbicidas. Un ejemplo de edición génica: a finales del siglo XX consiguió España con titánicos esfuerzos controlar la peste porcina africana, que amenazaba con dejarnos sin jamón y mucho más; ahora ha bastado modificar levemente un solo gen para obtener animales resistentes.

Además de los avances ya aludidos, queremos convertir plantas de gran consumo en alimentos completos, adaptarlas a suelos salinos y a cambios de temperatura, corregir defectos genéticos en adultos, curar enfermedades frecuentes, esterilizar mosquitos en masa, resucitar a los mamuts y muchas otras cosas que parecen imposibles, si no fuera porque están en marcha.

 

FUENTE: http://www.elmundo.es/economia/innovadores/2018/01/30/5a70a2a2468aeb611f8b45d1.html

 

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