¿COMPOSTAMOS?

“Alimenta a las lombrices”… Es el reclamo irresistible en el puesto de Union Square en Nueva York, donde cada sábado se celebra de una manera peculiar el rito del Día de la Tierra. Uno tras otro, en religiosa procesión, más de 500 vecinos de Nueva York llegan con su colecta semanal de mondas de frutas, sobras de verduras, restos de arroz, pan, pasta y posos de café, digeridos en el acto por los cubos del Lower East Side Ecology Center (LESEC).

 Más de uno examina con curiosidad sus propios desechos en ese último acto de fe, como intentando buscar entre las lombrices el sentido de su propia vida.

“Los desechos serán la tierra que abone la próxima cosecha”, sostiene Christine Datz-Romero, nacida en Alemania y afincada en Nueva York, donde ejerce como “misionera” del compost. “Nada representa mejor el ciclo de la vida. Las hojas caen, se degradan en la tierra, la abonan para la primavera. Con el alimento pasa lo mismo: lo que no comemos contiene la semilla del futuro”

La naturaleza lo aprovecha todo

“En la naturaleza no existe eso que nosotros llamamos basura”, advierte Christine. “La naturaleza lo aprovecha todo, y más nos vale aplicar esa lección si queremos preservar el planeta. Tenemos que volver a poner los recursos en su lugar para que el ciclo continúe”.

Christine no tiene ningún reparo en tocar la basura ajena, sobre todo si es orgánica. Cuatro veces a la semana, la furgoneta colorista del LESEC despliega su carga de cubos en el mercado de granjeros de Union Square, donde las viandas y el compost se retroalimentan en natural sinfonía.

“Si todo esto lo sacara un camión fuera de la ciudad, estaría llevándose sobre todo agua y nutrientes para la tierra”, apunta Christine. “¡Qué cosa más absurda! Quemar gasolina, recorrer cientos de millas, para transportar agua pesada a un lugar lejano. Por eso es tan importante dar una solución local al tema de los residuos.”

Los dos centros de recogida del LESEC (el otro está en la calle siete) procesan todos los años 200 toneladas de basura orgánica. La iniciativa local sirvió de modelo al ex alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, que declaró el compostaje como “la próxima frontera del reciclaje”. El alcalde Bill de Blasio tomó el testigo y se ha comprometido a extender la recogida a domicilio de basura orgánica de los ocho millones de residentes de la ciudad a finales del 2018. 

El empresario italo-americano Charles Vigliotti, director ejecutivo de American Organic Energy, ha hecho bueno el dicho de “la basura de uno es el tesoro de otros” y aspira a convertir sus terrenos Yaphank -ochenta kilómetros al este de Manhattan- en una planta modélica para la generación de energía y abono orgánico compostado.

“En Nueva York, con la altísima densidad y los apartamentos tan pequeños y de gran altura, es difícil convencer a la gente para que composte en casa”, advierte Christine Datz-Romero. “Pero lo cierto es que hay vermicomposteros domésticos que ocupan poco espacio, que son muy higiénicos y muy sencillos de manejar, ideales para ir creando conciencia ecológica en los niños.”

En las ciudades compactas, sin embargo, Christine está convencida de que la solución debería buscarse manzana a manzana… “En todos los barrios debería haber sistemas de recogida selectiva y local, y todos los parques deberían tener zonas de compostaje. No podemos seguir llenando los vertederos con nutrientes venidos desde decenas o cientos de kilómetros, y mezclados con residuos que tardan décadas en biodegradarse.”

Mientras llega el momento, el sistema de compostaje ideado por los voluntarios del Bajo Manhattan llega a más de 1.500 familias. Se financian básicamente con donaciones y con el dinero que consiguen con las bolsas de “humus” de lombriz, a la venta en el mercado de granjeros de Union Square.

“Alimenta a las lombrices”… Christine invita a la procesión del compostaje, a hacer la instantánea conexión: admiremos el trabajo silencioso e impagable de esos animalillos ondulados y escurridizos que tienen el secreto de la vida que no cesa… “Tierra eres y en tierra te convertirás.”

Madrid agrocomposta

“Algún día dejaremos de llamar basura a los restos orgánicos”… El viejo sueño de Franco Llobera empieza a hacerse realidad con el proyecto Madrid Agrocomposta, que consiguió en apenas cinco meses recuperar cerca de 17.000 kilos de restos orgánicos.

El proyecto, impulsado por la Asociación de Economías BioRegionales y por la Red de Huertos Urbanos Comuntarios (y apadrinado por el propio Ayuntamiento de Madrid), ha logrado crear una singular sinergia entre los hogares, los colegios y los mercados (usados como “nodos” o puntos de recogida) y los huertas periurbanas en un radio de 35 kilómetros, que ponen su grano de arena como “agrocompostadoras” y al mismo tiempo se benefician del resultado final.

“Cambiar el sistema de recogida de residos en una ciudad de más de tres millones de habitantes no se hace de un día para otro”, advierte Franco Llobera, que sigue adelante con su labor incansable como divulgador del compost, vinculado a la economía circular, a las monedas locales y a los sistemas de autogestión. “Lo que necesitamos proyectos son proyectos piloto como éste que demuestren lo que es posible, para convencer a los gobernantes y aumentar poco a poco su alcance, con la contribución de los ciudadanos, convertidos en auténticos agentes de cambio económico, ecológico y social”.

 

 

FUENTE: http://www.elcorreodelsol.com/articulo/compostamos

 

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